En la Tierra de los Mortales
- By Brenda Altamirano
- Published 12/05/2006
- Sociedad
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Brenda Altamirano
Lic en ciencias de la comunicación, actualmente es becaria de Grupo Formula. Participa en producciones radiofónicas a nivel nacional.
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Quisiera dedicar estas líneas a còmo se ha manejado en los medios la reciente oleada de violencia suscitada en ciertos puntos del país y la situación electoral, porque los medios no son los mismos de hace 20 años, y el pueblo ya no se chupa el dedo tan fácilmente. ¿Deberíamos agradecer o lamentar?
Hans Magnus Enzensberger* lo escribió así: “los animales luchan entre sí, pero no hacen la guerra (…) Una de las principales invenciones del ser humano es la guerra”. En meses recientes nos hemos percatado de que la violencia se ha vuelto un conflicto colectivo y ha tomado a los medios de comunicación como principal arma de ataque. Se habla pues, no sólo de trifulcas delimitadas como las de Atenco, Michoacán, Cd. Juárez o Acapulco, sino de un evento nacional al que denominan “la campaña del miedo”, donde el principal objetivo ya no es vencer al oponente, sino destruirlo.
Empezaremos pues, por el hecho de que los medios se han valido durante este sexenio para sacar a la luz mucha información que antes no se podía, estaba prohibida. Y también para actuar no sólo como informador, sino como un espectador más de los eventos que pasan en el país. Claro ejemplo ahora en Atenco. Podía observarse al reportero y su camarógrafo, entrando protegidos por la autoridad al momento del operativo, dándole prioridad al “cómo se lleva a cabo” y no al “qué se lleva a cabo”. Es decir, ya no sólo se informa, ahora se critica y se juzga.
Se supone que México tiene una vida democrática, yo me pregunto si dentro de la vida democrática cabe la vida violenta. Diría el señor José Woldenberg, ex-Consejero Presidente del Consejo General del Instituto Federal Electoral: “la violencia es la antítesis de la política democrática” .
En el siglo XIX las luchas armadas condujeron a la formación de constituciones, a la instauración del Estado de Derecho y a la implantación del voto. Ahora pues, buscan objetivos claros y delimitados, de un pueblo, de una comunidad o de una decena de floristas. Pero en este último caso, se hizo presente un nuevo objetivo, destruir todo a su paso.
En el caso de San Salvador Atenco o de los mineros de Michoacán, la violencia estuvo a cargo no sólo de los criminales, si no también del entorno. Las condiciones laborales, sociales y familiares en las que viven los protagonistas de estas historias pueden ser conocidas si aplicaramos un test donde las preguntas serían, con respuesta si o no: ¿Es pobre?; ¿Sufre explotación?; ¿Tiene un trabajo mal remunerado?; ¿Educación universitaria?; ¿Ha buscado otra alternativa para mejorar su situación que no sea mediante el robo, matar o la estafa?. Todos tenemos un pasado, una forma de vida creada de una u otra manera por papá gobierno. No lo niego, y nuestra democracia funciona al revés a comparación con la de otros países. En lugar de hacer crecer el empleo, los servicios y la calidad de vida, estos se hacen más decadentes y convierte a los estratos sociales bajos en destinatarios de la asistencia social; no en vano salió casi todo San Salvador en defensa de sus floristas.
¿Qué le queda a los medios por decir o por hacer?. Transmitir el deseo de alcanzar reconocimiento. Que se vea al proletariado tratando de hacer justicia por su propia mano y que se vea a la autoridad haciendo el trabajo por el que le pagan. Aquí es donde los medios informan: ¿Qué lado es más violento, el que trabaja para defenderse o el que trabaja para matar?; aquí es donde los medios critican. ¿El gobierno, hace justicia o pide venganza?; aquí los medios juzgan.
La última palabra la tiene como siempre el televidente, radioescucha, lector o cibernauta. Pero a mi me gustaría saber hasta qué punto un país comienza a tener desprecio de sus propios habitantes. En verdad resulta difícil entender cómo es que la evolución o supervivencia de la especie se da a cambio de incontables vidas,
porque no me refiero al número de personas agredidas o desaparecidas, si no al hecho de tomar la vida de otro para acabarla; también se lucha por mejorar su condición. Continúa Enzensberger: “No es sano crecer en un territorio sin ley, dominado por la censura, el miedo y el chantaje”. En un Estado con estas características sólo existen dos opciones, huir o la autoprotección. Por estas razones no me sorprende que vivan tantos paisanos en otros países y tampoco me sorprende que un ciudadano común, se vuelva un mercenario de la noche a la mañana.
Moviéndonos un poco más al ámbito político, principalmente hacia nuestros “candidatos presidenciables”, podemos darnos cuenta de que el espíritu de competencia no es el único participante, también el odio se ha vuelto en actor principal. “Probablemente nunca ha faltado odio en este planeta, pero ya se volvió un factor político decisivo en los asuntos públicos”*. Cabe recordar que Felipe Calderón dijo en un spot publicitario que Andrés Manuel López Obrador era una amenaza para el país; puede que no sea lo mejor, pero no es una amenaza como tal. Sin embargo, cualquier diferencia se convierte en un riesgo mortal. Las palabras de Calderón en los medios de comunicación no vinieron más que a reforzar la idea del beneficio del poder para un candidato y partido. Y como era de esperarse, este gobierno reacciona cuando el error ya está cometido, jamás buscan la manera de prevenirlo. Sería conveniente pues que existiera una institución que regulara los spots de los candidatos antes de salir al aire; por ejemplo el IFE, la SEP, UNAM y otras Instituciones de Educación Superior o inclusive la Secretaria de Comunicaciones (SCT). Que se escribiera un decreto donde se especificara lo que sí se puede y lo que no se puede decir. Fuera quien fuera el agresor o el agredido, es necesario que se deje de infundir miedo al espectador, al pueblo. Estamos en una época electoral donde lo que busca el ciudadano es un candidato que deje de ver la presidencia como un negocio, pero si contrario a esto, lo único que exponen es la clase de amenaza que resulta ser el contrincante, tampoco ofrecen la opción de pensar y no hay mejor manera de lograrlo sino por medio de un mensaje en la televisión mismo que llega a buena parte de la población.
No comprendo qué le ha ocurrido a nuestros candidatos, pareciera que cruzaron una especie de umbral donde más que satisfacción, les causa éxtasis el poner en evidencia a su oponente. Con tantos fraudes, desviaciones, abusos, etc. ¿cómo fue que llegaron a ser candidatos a la presidencia?, ¿por qué enterarnos de sus malos hábitos ahora que no hay a quién irle? Este pueblo está agotado, quiere que se le vea directo a la cara. Ya es tanta la rabia que nos han transmitido que resulta mejor para algunos abstenerse de votar, sabiendo a fin de cuentas que todo será un fiasco de última hora.
Es horrible en verdad. Estamos destinados cada seis años a coquetear con el terror de elegir. Nos da pánico. Pero los medios compiten día a día por dar la nota y proporcionar al candidato una especie de identidad irreal. Total, el chiste es que se vea bonito, honesto y derecho. No obstante, los medios están de igual manera dispuestos a hundir en el fango y hacer mala publicidad a cualquiera que nos provoque indignación. Como espectadores acabamos desconcertados, aún así es un hecho que los levantamientos armados son una amenaza permanente, ya sea por parte de un municipio o por parte de un candidato. ¡Quién fuera inmortal para poder morir y decidir revivir cuando la tormenta haya pasado!
* Enzensberger, Hans Magnus. "Perspectivas de guerra civil". Anagrama 1993.
Hans Magnus Enzensberger* lo escribió así: “los animales luchan entre sí, pero no hacen la guerra (…) Una de las principales invenciones del ser humano es la guerra”. En meses recientes nos hemos percatado de que la violencia se ha vuelto un conflicto colectivo y ha tomado a los medios de comunicación como principal arma de ataque. Se habla pues, no sólo de trifulcas delimitadas como las de Atenco, Michoacán, Cd. Juárez o Acapulco, sino de un evento nacional al que denominan “la campaña del miedo”, donde el principal objetivo ya no es vencer al oponente, sino destruirlo.
Empezaremos pues, por el hecho de que los medios se han valido durante este sexenio para sacar a la luz mucha información que antes no se podía, estaba prohibida. Y también para actuar no sólo como informador, sino como un espectador más de los eventos que pasan en el país. Claro ejemplo ahora en Atenco. Podía observarse al reportero y su camarógrafo, entrando protegidos por la autoridad al momento del operativo, dándole prioridad al “cómo se lleva a cabo” y no al “qué se lleva a cabo”. Es decir, ya no sólo se informa, ahora se critica y se juzga.
Se supone que México tiene una vida democrática, yo me pregunto si dentro de la vida democrática cabe la vida violenta. Diría el señor José Woldenberg, ex-Consejero Presidente del Consejo General del Instituto Federal Electoral: “la violencia es la antítesis de la política democrática” .
En el siglo XIX las luchas armadas condujeron a la formación de constituciones, a la instauración del Estado de Derecho y a la implantación del voto. Ahora pues, buscan objetivos claros y delimitados, de un pueblo, de una comunidad o de una decena de floristas. Pero en este último caso, se hizo presente un nuevo objetivo, destruir todo a su paso.
En el caso de San Salvador Atenco o de los mineros de Michoacán, la violencia estuvo a cargo no sólo de los criminales, si no también del entorno. Las condiciones laborales, sociales y familiares en las que viven los protagonistas de estas historias pueden ser conocidas si aplicaramos un test donde las preguntas serían, con respuesta si o no: ¿Es pobre?; ¿Sufre explotación?; ¿Tiene un trabajo mal remunerado?; ¿Educación universitaria?; ¿Ha buscado otra alternativa para mejorar su situación que no sea mediante el robo, matar o la estafa?. Todos tenemos un pasado, una forma de vida creada de una u otra manera por papá gobierno. No lo niego, y nuestra democracia funciona al revés a comparación con la de otros países. En lugar de hacer crecer el empleo, los servicios y la calidad de vida, estos se hacen más decadentes y convierte a los estratos sociales bajos en destinatarios de la asistencia social; no en vano salió casi todo San Salvador en defensa de sus floristas.
¿Qué le queda a los medios por decir o por hacer?. Transmitir el deseo de alcanzar reconocimiento. Que se vea al proletariado tratando de hacer justicia por su propia mano y que se vea a la autoridad haciendo el trabajo por el que le pagan. Aquí es donde los medios informan: ¿Qué lado es más violento, el que trabaja para defenderse o el que trabaja para matar?; aquí es donde los medios critican. ¿El gobierno, hace justicia o pide venganza?; aquí los medios juzgan.
La última palabra la tiene como siempre el televidente, radioescucha, lector o cibernauta. Pero a mi me gustaría saber hasta qué punto un país comienza a tener desprecio de sus propios habitantes. En verdad resulta difícil entender cómo es que la evolución o supervivencia de la especie se da a cambio de incontables vidas,
Moviéndonos un poco más al ámbito político, principalmente hacia nuestros “candidatos presidenciables”, podemos darnos cuenta de que el espíritu de competencia no es el único participante, también el odio se ha vuelto en actor principal. “Probablemente nunca ha faltado odio en este planeta, pero ya se volvió un factor político decisivo en los asuntos públicos”*. Cabe recordar que Felipe Calderón dijo en un spot publicitario que Andrés Manuel López Obrador era una amenaza para el país; puede que no sea lo mejor, pero no es una amenaza como tal. Sin embargo, cualquier diferencia se convierte en un riesgo mortal. Las palabras de Calderón en los medios de comunicación no vinieron más que a reforzar la idea del beneficio del poder para un candidato y partido. Y como era de esperarse, este gobierno reacciona cuando el error ya está cometido, jamás buscan la manera de prevenirlo. Sería conveniente pues que existiera una institución que regulara los spots de los candidatos antes de salir al aire; por ejemplo el IFE, la SEP, UNAM y otras Instituciones de Educación Superior o inclusive la Secretaria de Comunicaciones (SCT). Que se escribiera un decreto donde se especificara lo que sí se puede y lo que no se puede decir. Fuera quien fuera el agresor o el agredido, es necesario que se deje de infundir miedo al espectador, al pueblo. Estamos en una época electoral donde lo que busca el ciudadano es un candidato que deje de ver la presidencia como un negocio, pero si contrario a esto, lo único que exponen es la clase de amenaza que resulta ser el contrincante, tampoco ofrecen la opción de pensar y no hay mejor manera de lograrlo sino por medio de un mensaje en la televisión mismo que llega a buena parte de la población.
No comprendo qué le ha ocurrido a nuestros candidatos, pareciera que cruzaron una especie de umbral donde más que satisfacción, les causa éxtasis el poner en evidencia a su oponente. Con tantos fraudes, desviaciones, abusos, etc. ¿cómo fue que llegaron a ser candidatos a la presidencia?, ¿por qué enterarnos de sus malos hábitos ahora que no hay a quién irle? Este pueblo está agotado, quiere que se le vea directo a la cara. Ya es tanta la rabia que nos han transmitido que resulta mejor para algunos abstenerse de votar, sabiendo a fin de cuentas que todo será un fiasco de última hora.
Es horrible en verdad. Estamos destinados cada seis años a coquetear con el terror de elegir. Nos da pánico. Pero los medios compiten día a día por dar la nota y proporcionar al candidato una especie de identidad irreal. Total, el chiste es que se vea bonito, honesto y derecho. No obstante, los medios están de igual manera dispuestos a hundir en el fango y hacer mala publicidad a cualquiera que nos provoque indignación. Como espectadores acabamos desconcertados, aún así es un hecho que los levantamientos armados son una amenaza permanente, ya sea por parte de un municipio o por parte de un candidato. ¡Quién fuera inmortal para poder morir y decidir revivir cuando la tormenta haya pasado!
* Enzensberger, Hans Magnus. "Perspectivas de guerra civil". Anagrama 1993.
